Günter “el anormal” *

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Según determinó un psiquiatra alemán en 1963, Günter Wallraff posee una “personalidad anormal y constituye un foco peligroso que podría extenderse“. A mí me bastó verlo con una gorra negra en reversa, a sus 73 años, para inclinarme a favor del diagnóstico.

1963 fue el año en que Günter intentó evadir el servicio militar de la Alemania Federal declarándose “objetor de consciencia”, y tras comenzar a provocar a los oficiales mediante el encajamiento habitual de peligrosas flores en el cañón de las armas inofensivas, fue enviado directo al loquero.

De allí en adelante su vida ha sido, esencialmente, un vicio incontrolable de exponer lo que hay sucio en los de arriba que suele fastidiar de los de abajo.

Me imaginé entonces declarándome “objetor de consciencia” del Servicio Social en Cuba… y me dio una risa interna del carajo: la incondicionalidad jovencomunista tampoco suele admitir esos sentimientos “mariquitas”.

Aunque Günter es un periodista sumamente respetado en el gremio y la academia— de Alemania y del mundo entero— sus colegas de trabajo no son típicos redactores de salón, sino los protagonistas de las historias que él publica. Su pinta física soporta la afirmación.

Hace apenas 4 años su historia fue sobre la vida de los sin techo durante el invierno en Alemania. Entonces, como muchas veces antes, aplicó el método Wallraff, que suena a metatranca compleja, pero es tan simple como vivir la vida cotidiana o la dinámica social que se quiere reportar, antes de reportarla, con el objetivo de saber uno de lo que habla, o sea, “por experiencia propia”.

Por experiencia propia, disfrazado de turco para acceder a los peores trabajos del mercado laboral, relató la xenofobia y falta de derechos humanos que sufría esa comunidad en Alemania. De allí surgió la máxima “hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad”: todo está en su libro Cabeza de Turco, de 1985, wikipédienlo si tienen chance.

Luego le cogió el gusto a eso de usurpar personalidades, y así narró las vidas de mucha gente distinta, desde alcohólicos en rehabilitación hasta estudiantes en busca de piso. Gente que pasa trabajo. Lógicamente a las empresas no les gustaba aquello, y fue puesto en una especie de lista negra: “¡Atención: no contraten a mengano¡”.

Cuando publicó Reportajes indeseables, fue acusado por las empresas de arrogación de funciones, porque se identificaba como consejero ministerial para obtener información. Sin embargo, siempre fue declarado inocente bajo el peso mayor de la utilidad pública de la información.

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En 1976, bajo la piel de un traficante de armas, Günter dio conocer los detalles del golpe militar que preparaba el General Antonio de Spínola en Portugal, y la acción conspirativa fue revelada.

A pesar del culto internacional, el método Wallraff no es fácilmente extensible a todas partes por igual. Generalmente, para que haya buen periodismo, tiene que haber primero periodismo, y luego periodismo suficiente.

En Cuba, por ejemplo— y vaya, porque puede que sea lo que nos importe…— no es solo que no haya leyes que protejan al periodista ante una eventualidad legal para obtener información de utilidad pública; es, sobre todo, que no hace falta ninguna ley para frenar al periodismo, porque los códigos compartidos ya lo hacen con bastante éxito.

Aquí todos sabemos exactamente cuáles palabras usar para agradar al poder, o al menos para no estorbarle. Los más osados también saben exactamente donde está la línea roja: “el Periodismo de Investigación, Alejo, no lo es tanto en realidad si no saca ronchas fuertes…” me dijo un socio hace poco.

Es algo que usted no tiene por qué saber, pero el Periodismo de Investigación no se llama así porque “se investigue” algo, sino porque se investigue algo que algún poderoso se esfuerza en mantener oculto, pues de revelarse podría comprometer la estabilidad de su élite.

Luego ¿podemos condenar la altura de la audacia del periodismo de investigación cubano? Yo personalmente condeno la ausencia total de audacia, pero celebro cualquier intensión de comenzar a andar por la senda necesaria.

Si aun en la desarrollada Alemania, Günter Wallraff debió sacrificar su estabilidad familiar, y poner infinitos recursos en la burocracia legal para hacer las cosas que hace, imaginen como sería ese riesgo en Cuba, donde no tenemos siquiera la posibilidad de echar la pelea legal.

Por otra parte, en Cuba somos muy “normales” todavía; se nos ha impuesto esa normalidad. Tenemos a la UPEC, por ejemplo, la voz del gremio, que pondera un modelo de prensa en el que, luego de investigar dos meses, se descubre que la escasez de leche es culpa de las vacas, o de humildes campesinos que convierten la leche en queso para moverla por la izquierda y obtener un poco más de dinero.

Los periodistas cubanos leemos a Günter Wallraff desde la universidad, cuando sus textos se sugieren como lectura adjunta a la asignatura de Periodismo de Investigación. Pero de la academia al gremio hay una fosa mariana, y te lo dicen sin ambages— aunque te declares objetor de consciencia— cuando inicias el Servicio Social obligatorio.

Günter estuvo hace poco en La Habana y se cayó en la calle, sangró, y fue atendido sin coste alguno…Pero eso, por ser justo lo que debe ser, no tiene la tela adecuada para un impactante reportaje. ¿O será que estará preparando un libro sobre el sistema de salud cubano…?

Que apenas haya Periodismo de Investigación en un país donde apenas hay Periodismo no debería ser objeto de reclamo, sino de halago, porque en cualquier momento (…optimismo mediante), los picazos de mosquito se pueden convertir en ronchas.

*Exclusivo para Cubanos por el Mundo