De pionero a joven-comunista

Hoy es 4 de abril y en Cuba se celebra el Día de los Pioneros y de los militantes de la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas). Yo una vez fui las dos cosas, es decir, primero una y luego la otra, y acumulo recuerdos bastante dicotómicos de ambos “perteneceres”.

A los Pioneros se entra de forma automática cuando uno tiene que abandonar su educación para comenzar a ir a la escuela… No dan allí carneses de ningún tipo ni hacen reuniones periódicas, de modo que lo divertido del asunto consiste en ser niños (as)…, y relacionarte casi exclusivamente con un grupo humano de intereses y experiencias más o menos similares a las tuyas.

De mi etapa como pionero— entre 1991 a 1998—, conservo los tatuajes del famelismo del Período Especial. ¡Cómo olvidar las sopas de letricas y el arroz pre-cocido a la hora del almuerzo!: jugábamos a hallar las letricas necesarias para componer nuestros nombres… pero ni para eso alcanzaba la ración y había que hurgar en la sopa de los demás… El arroz lo hacíamos bolitas pegajosas y las lanzábamos de una mesa de bagazo a otra, buscando impactar en el pelo de las niñas, o en los cuadros de las paredes del comedor, que paradójicamente contenían mejores comidas que nuestras bandejas de aluminio. En mi escuela se cocinaba con leña, y todo tenía un sabor a humo que llegó a parecerme sabroso.

Las meriendas eran otro problema; no había de nada pero compartíamos los panes. A través la cerca del patio una señora gorda vendía durofríos de Toki (refresco instantáneo) que ni estaban duros ni estaban fríos porque hacía tremendo calor, pero lo importante era mover las mandíbulas. Algunos niños llegaron a fabricar “refresco de tiza”: polvo de tiza disuelto en agua… y le juro por mi madre que no exagero.

En pre-escolar, como había pocos juguetes, los niños hurtaban la plastilina “medio básico” de la escuela. La sacaban de gramo en gramo, escondida debajo de las uñas de las manos, hasta que al pasar de algunos meses ya uno podía sentirse dueño de una bolita de plastilina más o menos del tamaño de un garbanzo…Una vez pensé que cuando fuera grande y tuviera dinero iba a comprar una gran cantidad de plastilina. Eso no ha pasado: ya soy grande, pero ni tengo dinero ni venden plastilina en las tiendas…

También hacíamos barquitos de papel y picúas con las hojas de las libretas, compulsivamente. Inventábamos parodias y canciones, trabalenguas. Recolectábamos porquerías del suelo como cristales, botones, piedras brillantes, etiquetas de productos, chapas de botellas; y echábamos a fajar hormigas bibijaguas a la hora del recreo. Algunos fuimos exploradores: aprendimos a hacer fogatas, a dormir en hamacas, y a comer verdolagas con sal o plátanos burros asados bajo las cenizas del carbón.

Pero el plato fuerte de mi mundo pioneril era “dar cuero”: las listas y escalas de guapería no se basaban allí en empujones o piñazos, sino en la capacidad expresiva que tuviera cada cual para “berrear” (poner bravo o hacer llorar) a otro niño. Algo cruel: no había reglas, se podía hablar de defectos físicos, de enfermedades, de la familia, todo se valía…todo menos apartarte del duelo con los ojos aguados, porque entonces perdías e ibas a parar al fondo de la lista.

Los días 4 de cada abril hacíamos una fiesta sincera en la que cada niño traía un plato de su casa: casquitos de guayaba, frutabombas en almíbar, kakes, pudines…, y había cadenetas de periódicos Granma guindando del techo del aula, y música grabada y relajito autorizado.

Eso fue para mí ser pionero, y debo confesar que todo me pareció muy divertido. Entre la escuela primaria y mi proyector soviético, fui feliz. Solo sufrí un poquito aquella vez en que no aguantaron más mis pies, que se negaban a dejar de crecer y mantenerse ajustados al tamaño impuesto por mis primeras zapatillas. Ese día la maestra tuvo que llamar a mi casa para que me trajeran otros zapatos… y cuando me quitaron las zapatillas tenía los dedos cianóticos, que inmediatamente regresaron a su lugar y se acabaron los dolores…

La UJC, por otra parte, no fue una etapa feliz. Ser de la UJC, para mí, no fue ni remotamente sinónimo de ser joven. En la secundaria le dijeron un día al grupito de los inteligentes y los disciplinados: “el 14 de junio hay que ir por la mañana a la Plaza a un acto y a recoger el carné de la Juventud…” y eso fue todo: el 15 ya era militante, y hubo reuniones y sanciones y cotizaciones y marchas de reafirmaciones y muelas bizcas de secretarios generales. Incluso los que no pertenecían a la UJC eran designados como integrantes de una cosa que se llama el “Universo Juvenil”…

Las fiestas del 4 de abril fueron fiestas poco creíbles, sin entusiasmo: obligatoriedades, seriedades, tareas, compromisos, cumplimientos de planes de diversión. Hasta lo más creativo me pareció enrarecido, esta frase por ejemplo: “¡caballero, aquí lo que hay es que darle play al combativimómetro!”…. La combatividad es una de las cualidades morales exigidas por la UJC, y por más que leo y releo el diccionario no entiendo exactamente a qué se refiere.

Los jóvenes, por naturaleza, festejarían de corazón el florecimiento de sus proyectos de vida, el avance en sus expectativas profesionales, el logro de independencia económica o las condiciones necesarias para formar una familia propia, los viajes de vacaciones, una vida culturalmente plena: no restringida al reguetón de moda, a lo que aparezca en una memoria flash o a las rimbombantes Ferias del Libro sin novelas de Padura; festejarían acaso la sintonía con los avances tecnológicos… o incluso la esperanza viva de que sucediera lo anterior en plazos racionales, y determinado por el esfuerzo y la capacidad de cada cual. Pero no creo que sea el caso ahora mismo.

Según lo veo yo, desde mi subjetiva ventana, ni las posibilidades legales para comprar carros y casas, ni un pasaporte azul engavetado, ni una ley para atraer dinero extranjero, ni los discursos más optimistas, han logrado deshacer tantas robustas ganas de irse del país en busca de vidas mejores. Ahora mismo muchísimos jóvenes están revueltos con la noticia de la supresión de la carta de invitación para viajar a Ecuador, y tengo socios vendiendo hasta la córnea del ojo para enrolarse en la merca pacotillera…Los que quedemos aquí, por las razones que sea, tendremos que asumir combativamente, no solo la falta de amigos y el desabastecimiento de preservativos, sino también una futura asignación de seis o siete hogares de ancianos para cada uno…