Matadores del lenguaje

Mucho se habla hoy en Cuba sobre el lenguaje y la juventud, a tono con los más recientes debates mediáticos que ganaron protagonismo luego de que el Presidente Raúl Castro criticara la pérdida de buenas costumbres en la sociedad cubana.

Casi siempre estos debates giran alrededor de la idea fija de que la juventud se expresa de forma grosera, y se le achacan las culpas al reguetón y la tecnología,manera moderna y solapada de revivir el fantasma del diversionismo ideológico.

No deja de resultar extraño que los mismos individuos que hoy animan la cruzada mediática contra las groserías juveniles y por las buenas maneras del urbanismo que siempre implican respeto, hasta hace poco llenaban las ciudades de consignas bárbaras como respeten coño, y aún hoy catalogan de gusanos asquerosos a todo aquel que no esté de acuerdo con el gobierno: no importa si le cae bien o mal el imperialismo, de todas formas merece ser rebajado a la viscosidad de un platelminto intestinal.

Yo pienso que al español que hablamos ahora mismo los cubanos no le hace daño el reguetón ni un carajo, ni tampoco la masificación de los códigos del SMS: a fin de cuentas se tratan, ambas cosas, de modas pasajeras, cambiantes, que afortunadamente no se asientan en el uso definitivo. Digamos que ahora los adolescentes cuelgan un ¡dichava´o! detrás de cada frase, o un ¡qué riquera!, pero dentro de algunos meses, cuando broten nuevas canciones de reguetón y nuevos ídolos, las formas cambiarán. Recordar que antes fueron populares locuciones como chao pesca´o y a la vuelta picadillo o no me da mi gana americana, que muy pronto salieron de escena.

Sí se asientan, en cambio, la jerga jeferil y la palabrería burocrática, que generan formas espantosas del lenguaje, mucho más espantosas, creo yo, que las generadas por la música y la tecnología. Esto pasa porque en la sociedad cubana cada vez hay más viejos y menos jóvenes, y las creaciones de los primeros se imponen sobre las de los segundos por razones que rebasan la simple estadística de población: las personas mayores detentan el poder de la expresión en muchísimos más espacios que los adolescentes.

Respecto a las más recientes creaciones de los adornadores del lenguaje nacional, debo decir que me parece bastante absurdo agrupar bajo el calificativo de “cooperativas no agropecuarias” a todas las cooperativas que van surgiendo en la transformación de la economía. Es como si en zoología, a todos los pájaros y reptiles de la biosfera se les integrara en el grupo de los “no mamíferos”… ¿? Vaya digo yo que sería más fácil decir “las cooperativas de transporte” o de lo que sea que surjan, ¿no?…

Pues no, parece que les fuera más fácil negar que crear. Quién sabe por qué razones por nosotros ignoradas, cada cambio en la economía viene acompañado de su respectiva deformación lingüística, y no por errores gramaticales, que también abundan, sino por estética. Los burócratas seguramente tendrán alguna explicación al alcance de la mano de hecho me encantaría que alguno se justificara aquí debajo, pero de que las formas son absolutamente horrorosas no tengo la menor duda.

¡Pobres hijos nuestros que deberán leer en los futuros libros de Historia toda una sarta de eufemismos y malsonancias como “trabajadores del sector no estatal”, “mantenimientos preventivos planificados”, “peso cubano convertible”, “helado normal modificado”, “elaborador-vendedor de alimentos y bebidas no alcohólicas al detalle”, y si sigo se aburre usted de leer. ¡Como si realmente hiciera falta inventar el mundo en pleno 2013…!

El que redacta estos sintagmas debe haber tenido una infancia sin amiguitos y alguna experiencia traumática con la Lengua de Cervantes; no sé, quizás lo obligaran en la Primaria a escribir 200 veces, makarenkamente, alguna frase vergonzosa como “no debo pegar los mocos en la pizarra del aula” o no debo subirle más la falda a Yuneisi

En los medios, por ejemplo, siempre se habla a los adultos, y los jóvenes son concebidos como una especie de grupo minoritario, marginal y mal educado que requiere atención especial por parte de los que supuestamente saben cómo se habla bien. Pero la torpeza y la ignorancia de quienes inscriben significados en el discurso cubano gana cada vez más espacio. La prensa ya ni siquiera se esfuerza en eludir los lugares comunes que tanto espantan a la audiencia: cuando usted guste puede revisar una noticia reciente sobre la visita de cualquier Jefe de Estado (da igual en periódicos, radio, televisión o web), y luego revisar otra escrita en 1993, y otra escrita en 1975, y descubrirá que, además de ser casi idénticas, ninguna de las tres revelan a qué diablos vino el presidente en cuestión más allá de a consolidar lazos económicos y a constatar la buena salud de las relaciones diplomáticas…

En algún momento el discurso público cubano tiró al retrete la hermosura y bondad de palabras como democracia, libertad, participación, ciudadanía, y ahora lanzan inventos de propia inspiración que son rechazados de cuajo por los jóvenes: no importa si dicen verdad o mienten, solo importa que hablan feo, y cuando las palabras no gusta, no entran. No entran, por ejemplo, las palabras incondicionalidad, autocrítica y otras auto-machacancias. El adolescente siente repulsión por los absolutismos, porque se reconoce variable y ama la contradicción, tanto acaso como el impulso recién adquirido de pensar con cabeza propia, lo cual implica, obviamente, valorar las condiciones de cualquier propuesta.

En las calles la brecha generacional del habla también es evidente: aunque parezca cosa del 70, todavía quedan aquí personas que regañan al adolescente cuando este le dice señor, tío o puro ¡ellos quieren que les digan compañeros!, como si todas las relaciones sociales se trataran de una reunión del sindicato o una carta al periódico Granma. Pero pasa que, quiéranlo o no, el adolescente le va a seguir diciendo como a él le dé su reverenda gana, y todo regaño en este sentido solo logrará alimentar la brecha.