Raja’o declara’o

Rajao suele decirse aquí de quien abandona un puesto por voluntad propia, aunque no sea un puesto militar, pues la tradición ha extendido el término a casi todos los ámbitos de la vida. Se asocia asimismo con la supuesta blandenguería de una cosa que se fractura ante fuerzas menores, rebajando al ser humano hasta categorías minerales, y desconociendo la complejidad química del cerebro sapiens y sus reacciones misteriosas.

Desde esa óptica yo me rajé una vez, en una escuela al campo cuando cursaba el décimo grado en la Vocacional de Camagüey. Les cuento y de paso me justifico:

En la reunión de convocatoria todo el mundo de mi aula dijo que iría, y yo contaba con eso. Pero al final todo el mundo encontró su certificado médico o enfermó alguna abuelita y pasó con ficha: y a mí no se me ocurrió

Casualmente el día de la partida masiva tuve un problema familiar de verdad, de modo que debí llegar después por mis propios medios hasta el campamento ubicado en una franja de territorio donde la gente no sabe si es avileña o camagüeyana, y que lleva el malsonante nombre de Mamanantuabo.

En el trayecto sobre camiones herrumbrosos y tractores cuyas gomas disparaban húmedos trozos de mierda de vaca, no pensaba yo en la importancia de la productividad para el crecimiento económico del país, ni en los aportes de la vinculación estudio-trabajo a mi formación como hombre nuevo. Iba más bien feliz, pensando en las gozaderas de las 3 escuelas al campo a las que fui durante la secundaria, y en las jebitas que posiblemente se dejarían entretener en las noches aburridas con algo más que cuentos de Pepito.

Pero pobre infeliz, yo iluso al llegar al campamento de Mamanantuabo (luego de pasar por otro pueblo llamado Magarabomba) me encontré un panorama desolador. Un solo socio de mi grupo había respondido al llamamiento; el resto eran perfectos desconocidos, gente rara, o como yo los veía: pesados impermeables, profesores cuadrados, y un par de perros de campo merodeando el comedor.

  • ¿Qué están dando de comer?, pregunté al único socio.
  • Puré de papas, y de postre un dulce ahí que también es de papas.
  • ¿Y ya, más nada?
  • .Bueno en el desayuno dan tizana y pan.

Y eso fue todo. Allí mismo le dije al socio: socio, voy echando que esto está en candela, y me rajé como un búcaro. Por suerte aún no había desempacado y pude salir del campamento a la velocidad de la luz, sin preguntarle a nadie si podía o si debía: nunca antes una carreta de bueyes me pareció tan rápida.

Luego en una Asamblea de 12 grado, dos años y pico después, el hecho salió a relucir: los jefes de la UJC dijeron que antes de irnos a la Universidad todos los rajados debíamos llevar sanción por escrito, y presumo que escribieron algunos párrafos plomizos en mi expediente de militante, usando palabras como combatividad, incondicionalidad y otros esperpentos de la Lengua Española.

No entendieron mis razones cuando alegué que no me había marchado por la sobredosis de papas con que intentaban allí atragantar a uno, ni por miedo al sudor del trabajo en aquellos surcos colorados a fin de cuentas ya lo había hecho en tres ocasiones previas: Bango (Camagüey), Navarro (Sierra de Cubitas), y Monte Grande (Santa Cruz del Sur) sino porque me hubiese sentido muy mal pasando trabajos sin socios y con posibilidades casi nulas de ligar alguna jebita. ¡Loco yo! de verdad no sé cómo rayos se me ocurrió argumentar sentimientos flojitos, relacionados con socios y jebitas, ante el implacable mandato de la incondicionalidad jovencomunista. Ahora que lo pienso mejor, quizás debí buscarme el certificado médico de toda la vida, y entonces no sería yo ahora mismo un rajaoo al menos no uno “declarao.