Un año por cuenta propia

En cada cuadra un Comité, y cinco o seis timbirichis

Tony Ávila, trovador cubano

Pronto se cumplirá un año de mi tranquilo alunizaje en el polvo del trabajo por cuenta propia en Cuba. Antes de eso trabajaba yo como reportero en el semanario local de Camagüey, donde aprendí muchas cosas, la primera y más significativa: que no tenía la sangre necesaria para echar raíces laborales en un medio de la prensa cubana, bajo el estilo del Partido Comunista de Cuba, y que carecía además de paciencia y fe suficientes para esperar los cambios que muchos aún esperan.

Me sentía arando en el mar con un rastrillito plástico de niño que va a la playa, matando el tiempo como quien tiene garantizados dos siglos de respiración, tremendamente aburrido, y sin determinar siquiera mi propio sostén económico, de modo que salí del juego en una sacudida de perro mojado que incluyó, además, a las colas (todas las colas), las reuniones (todas las reuniones), y la militancia política en la UJC (que era fortuita pero me dejaba en el cerebro el mismísimo sabor de las colas y reuniones). Salir de aquel letargo espiritual que muchos llaman estar añejao no significó para mí una decisión arriesgada ni mucho menos valiente, sino algo así como el comportamiento natural y reflejo de que si te pincha te quitas y ya. No entendí pues el asombro de algunos, sobre todo luego de conocer a jóvenes jueces, arquitectos, médicos o ingenieros que, igual de locos, hicieron lo que haría cualquier cuerdo fiel a sí mismo en una situación con espinas.

Cuando los clientes ven el título de Licenciado que cuelga encima de mi mesa con el sellito de oro que ciertamente exagera el mérito académico de su portador, me preguntan que cómo es posible y que por qué: el Periodismo aquí sigue gozando de un estereotipo social complaciente que tiene la gentileza de imaginar siempre al reportero vinculado a una redacción de noticias, pese a que la prensa parece pujar con sus achaques para que eso cambie. Entonces uno, que busca el diálogo porque hacer volantes de peluquerías es solo un poquito menos aburrido que reportar el acto de graduación de una universidad pedagógica,menciona la parte que cualquiera comprende: que aquí el dinero no alcanza y que uno tiene derecho a vivir. Y de allí surge lo más valioso de estar en contacto con la gente y sus apuros que traslucen anhelos, urgencias, contradicciones y sentires, porque sus pensamientos, creo, siempre salen de lo anterior.

Lo más relevante entonces del último año ha sido esa oportunidad de conocer a personajes singulares que integran nuestro montón: papeles secundarios de la historia con minúscula de la Cuba de ahora mismo. Sus versiones del país y la ciudad en que viven me ayudan a quitar y poner ladrillos de la versión mía, que es, a fin de cuentas, la única que puedo y me interesa compartir es este blog desconectado.

Inventario con faltantes

Cuerdoloco ambulante que vende postalitas de jebas semi-encueras y machos sin camisas. Dice ser el autor intelectual y principal redactor de casi todos los decretos y leyes que ha publicado la Gaceta Oficial desde que comenzaron los cambios. Desayuna, almuerza y come en cafeterías estatales, y piensa que los salarios están demasiado altos.

Ex soldado de la Guerra de Angola, impedido físico a causa de ella, que vende charadas (o cultura popular, como él dice) por las calles de Camagüey. Se aparta de la vista de los inspectores porque no tiene licencia; y sobrevive así porque no tiene pensión, y porque aunque la tuviera no le alcanzaría.

Homosexuales maltratados por sus jefes, que redactan y envían cartas a diferentes instancias del gobierno exigiendo que alguien se ocupe en serio de la discriminación que sufren, pese a los desfiles y galas por el día del orgullo gay.

Personas encabronadas con la burocracia y los atrasos de la Vivienda. Casi todos están seguros de que sus problemas se resolverían muy rápido si tuvieran el dinero suficiente para sobornar a abogados y funcionarios relacionados con sus trámites; otros lo tienen, pero no saben cómo funciona eso de dar dinero.

Gente haciendo carteles para vender sus casas, y vender también tarecos inverosímiles, y hasta poéticos (como un violonchelo de uso), que de enumerarlos yo aquí necesitaría usted 100 vueltas de la bolita del mouse para llegar al final del párrafo.

Gente de todas las edades y sexos tratando de armarse un negocio propio, legal, pero invirtiendo su dinero con cautela casi extrema, porque “aquí nunca se sabe”.

Descarados que quisieron utilizar mi escaza habilidad en el Photoshop para poner sus nombres en títulos académicos de otros, y apurados pegadores de tarros que igual pretendieron alterar las facturas del teléfono para que sus mujeres no confirmaran lo que ya se imaginaban.

Jóvenes asumiendo los gastos de promoción de proyectos artísticos interesantes sin que nadie les haga el más mínimo caso. Jóvenes diplomantes entusiasmados con sus trabajos de tesis y expectantes ante el debut laboral. Jóvenes haciendo los papeles para irse de Cuba: algunos por un rato y otros para siempre, y todos a ver cómo les va, como cuando el debut laboral.

Ancianos pensionados gastándose buena parte de sus pensiones en el papeleo para solicitar la ayuda económica que ofrece la España en crisis a ciudadanos de su país residentes en el exterior.

Profesionales médicos, deportistas, profesores, músicos, ingenieros, con depresión laboral en estado avanzado, buscando maneras de mejorar sus vidas, completando las formas para salir a trabajar en Venezuela, Angola, Brasil o cualquier otro país que los quisiera.

Mucha certeza en que a mar revuelto la estrategia es flotar y no calmar las olas, y en que Cuba le debe bastante a su gente.

Todos quejándose de la falta de oportunidades para prosperar honradamente en este país. Labios apretados, ojos bien abiertos y cejas arriba. Todos cansados de la matraquilla y queriendo que la cosa cambie de una vez, sin tanto ruido y no rápido, sino urgente, porque uno se pone viejo y se muere, compadre, y en lo que llega la parca no estaría mal tener el chance de vivir un ratico.