Estampa centrourbana: el “güeraryufrón”

Héroes sin tumba,

Cal en los ojos,

Hambre con rumba,

Números rojos.

Joaquín Sabina

El güeraryufrón es un personaje frecuente en el paisaje centrourbano de esta ciudad. Pueden ser locos habituales de la calle, o refinados negritos con dreadlocks que bailan la salsa mejor que Adalberto Álvarez, pero tienen en común esa devoción enfermiza por las guaguas de turistas, y cuando se abre la puerta de alguna, les parten para arriba con una sola frase en la boca, intentando articular graciosamente where are you from. Sin embargo, y aunque muchos lo pronuncian mal, algunos de ellos, sobre todo de la segunda modalidad, casi articulan mejor el inglés que los amanerados de Londres, y otros hasta mascullan el italiano, y también el alemán.

Igual que pasa entre los vendedores ambulantes de viandas, los güeraryufrones se disputan los lugares de trabajo, se comunican como las hormigas, y cuando aparece uno nuevo debe colocarse inteligentemente entre sus semejantes o corre el riesgo de caer mal y ser segregado.

¿Cómo diferencian ellos a un extranjero de un cubano? Muy fácil. Según me comentó uno que lleva años ejerciendo con cierta cautela, si el tipo está en la calle en chancletas y te parece desenfadado, contento y observador, es extranjero; si en cambio te parece un chancletero con los pies llenos de polvo, y lleva cara de no disfrutar el sol del mediodía, entonces es cubanoporque como ya aquí cualquiera tiene una camarita de fotos, y muchos jefes están blanquitos por el aire acondicionado, no se puede sacar por ahí

El güeraryufrón habitual sonríe hasta cuando el extranjero, visiblemente irritado ante su insistencia, lo manda al diablo en su lenguaje extranjero, y podrá hablar en checo o en búlgaro (porque también hay turistas búlgaros.) pero el rostro enojado se interpreta bien en cualquier idioma. No obstante eso no los detiene: el fin les justifica la vergüenza.

La mayor parte de las veces el turista no da dinero, o sea, que el asunto funciona como las cacerías de las leonas en praderas africanas, que de cada 15 intentos solo en uno logran morder a la gacela. Algunas señoras de las que no regalan dinero pueden regalar pomitos plásticos con una muestra de champú, de gel de baño, un pequeño jaboncito de cartera, un chicle de caramelo o una galletica de chocolate, respondiendo, inconscientemente quizás, a los hedores del infeliz que pide.

Hay una güeraryufrón que mientras pide llora, o simula llorar: señora mayor, sobre los 60, de piel estrujada y seca, que se transforma en lince veloz cuando se parquea una guagua cerca de algún hotel Siempre la he visto de lejos, poniendo cara de sufrimiento tremendo mientras extiende la mano, y de lejos imagino la voz: yo tengo una niña enferma que llora en cuarto oscuro.. Pero cuando el turista le da una moneda se le cambia el rostro de pronto, como actor que sale de escena, y se aleja mirando el menudo como mismo se mira una pepita de oro.

Otros no piden a secas, sino que le ofrecen al turista algo a cambio: una moneda de a tres pesos MN, un billete con el rostro del Ché Guevara, una estatuilla de madera representando un indio de cabeza emplumada, o una bailarina con tutú. Ofrecen también tabacos de a peso puestos en cajas de Cohíba, e imagino que igual otras cosas que por ofrecerse menos públicamente no las he visto en merca a plena luz del día.

Las relaciones comerciales entre cubanos, cuando hay de por medio algún extranjero, se basan, como todas las demás, en la jerarquía del capital sobre el recurso: la prioridad y mayor tajada la lleva siempre el que busca al turista que luego soltará el dinero. Por ejemplo, cuando usted vea en Camagüey una manada de bicitaxis paseando franceses, cuente 10 CUC por cada uno. De cada 10 CUC, 5 irán a parar al bolsillo del guía turístico que pone al grupo de extranjeros, 3 irán al bolsillo del bicitaxero jefe que sirve de contacto entre el guía y el resto de los bicitaxeros (el que los elige entre una multitud de interesados),. y solamente 2 miserables CUC serán para el infeliz que da pedales y suda 45 minutos con la pareja de gordos franceses por las plazas de la ciudad.

Muchos bicitaxeros, a fuerza de andar siempre cazando al yuma, se han vuelto expertos güeraryufrones: pintan sus bicitaxis anualmente en correspondencia con las cifras oficiales de Turismo que publica la ONEI (Oficina Nacional de Estadísticas e Información), y así si vienen muchos italianos pintan la bandera italiana, y cuando son canadienses pintan la de Canadá. La de los Estados Unidos no la pintan nunca por dos razones fundamentales: los turistas estadounidenses son muy pocos por culpa de una ley de ese país que les impide venir a este así por la libre (o porque no les interesa venir, nunca sabremos a ciencia cierta mientras exista la ley), y porque en Cuba la bandera de los estadounidenses es considerada por mucha gente casi un símbolo satánico. Paradójicamente la bandera británica no, esa cuela sin problemas, y luego de las Olimpiadas de Londres nos aparece aquí hasta en la sopa.

De vez en cuando puede observarse a un adolescente corriendo, o apurando su bicicleta china al lado de un Tur (automóvil de alquiler que usan los turistas en Cuba) para indicarle al de adentro alguna dirección, esperando acaso el agradecimiento metálico. Y ya es más famoso un cubano que ande con un extranjero en la calle que aquel que salió en la televisión en el desfile del 1ero de Mayo. ¡Vaya te vi con un yuma!, suele decirse como si el acompañante fuera, por ser de afuera, alguien muy importante.

Aunque todo el mundo sabe que los güeraryufrones son pobres luchadores de la calle, representantes de nuestras más notorias cualidades histriónicas, graciosos en su mayoría, mucha gente no puede evitar sentir una vergüenza sobrecogedora cuando, frente a ellos, se arma el show humillante de un cubano pidiendo, rogando y bajando al nivel bestial en formas más o menos directas por un menudo que no paga lo que se pierde cuando se obtiene.