Ficción fribrosa

“Yo he visto al verdugo matar al juglar, y ambos herejes, queriendo escapar”
Carlos Varela

Not so long ago, en un reino muy lejano, hubo una crisis muy dura. Sus habitantes estaban acostumbrados a la bonanza: el vino y los dulces llegaban al por mayor desde remotas regiones… pero de repente todo cambió.

La gente comenzó a bañarse con jabones de cebo, que provocaban ardor en los orificios del cuerpo, o con trapitos untados en alcohol, que causaban el mismo efecto, y además escalofríos. Usaban ropa interior cosidas en casa, que se ceñían a la pelvis gracias a las bondades elásticas de los condones. Y de tanta necesidad llegaron hasta a disputarse la comida, esto es: a multarse y meterse presos los unos a los otros por traficar panes con mantequilla en un estadio de pelota, o vender refresco instantáneo sin debidas autorizaciones casi imposibles de conseguir: inventaron entonces el bistec de colchas (de colchas de limpiar los pisos, no de taparse del frío), la “metralla” (moledura de cáscara de plátanos) y otras variantes alimenticias menos sípidas.

En un pequeño pueblo, al centro-este del reino, vivía el joven Robin Hood, al que todos llamaban Manolito. Carismático como nadie, el joven creía en la igualdad entre los hombres, en el poder de la virtud y el sacrificio propio en beneficio del prójimo, de modo que decidió utilizar su accaso al almacén central del Palacio para subirle la hemoglobina a algunos habitantes del reino.

Manolito era simplemente el portero del almacén… y el almacén era simplemente de carne: protéico alimento codiciado por todos, y principal causante de desencuentros y envidias entre los que podían comerlo y los que no. Le molestaba mucho ver como salían constantemente carretas y carretas para una reunión importante del Consejo de Sabios que aconteció por esos años. Así que desde el principio Manolito “Robin Hood” estuvo de acuerdo en hacerse el de la vista gorda y dejar salir, durante su turno de guardia, varias carretas de fibrosa carne, con destino a las calles del pueblo.

Según su versión de los hechos posteriores, una parte del cargamento (la mayor parte) fue regalada en jabitas de nylon a cuanto necesitado paisano se encontraron por ahí; el resto fue vendido a razón de 5 pesos x libra, lo cual, ciertamente le imprime un caracter comercial al desvío, pero a la vez no tanto porque 5 pesos era un precio ridículo en un tiempo en que la libra de arroz en el reino costaba cerca de 50 pesos.

Manolito fue aprehendido por los guardias y estuvo 21 días incomunicado en las mazmorras del castillo. En su evocación de aquellos días mencionó que los interrogatorios eran feroces: que aunque no le sacaron las uñas, ni le arrancaron los pelitos del pecho con oxidadas pinzas, sí le importunaban el sueño con absoluta premeditación, lo cual, en su científico y empírico juicio, clasifica también como tortura física. Utilizó mil y un juego de mentes con los guardias preguntones para que lo dejaran dormir un poco: les daba un cuento cualquiera que siempre quedaba inconcluso, y a la mañana siguiente les decía que lo hasta allí narrado era todo mentira, y que la verdad era esta otra, y así cada vez hasta que lo condenaron sin que confesara nunca su delito. Un delito que sin dudas cometió. Y un delito por el cual cumplió varios años de prisión.

Y entonces ya viene el final feliz de todas las ficciones fibrosas. En la carcel Manolito conoció a una hermosa princesa que allí trabajaba, aliviando por igual los dolores del ladrón, el policía y el juglar desgraciado. Luego se casaron y se fueron a vivir a otro reino, donde viven juntos para siempre.