Todo por cuatro quilos

La culpa es de los Bancos
Manifestante indignado en la plaza Puerta del Sol, Madrid.

Mis cuatro quilos serán cuatro quilos pero son míos porque me los gané trabajando. Sin embargo, desde hace más de una semana no puedo disponer de ellos. Sucede que cometí el error de confiarle su custodia a una de las instituciones más ineptas y encabronantes del país: el BPA (Banco Popular de Ahorro).
“Hasta que no se arregle el sistema no podemos hacer operaciones”, me dijo una Señora Washowski… y quise entender que se refería al sistema en tanto software informático.

Le llamo Señora Washowski por su voz semi-fañosa de burócrata profesional, y por su desentendimiento absoluto de las prójimas urgencias; no por fea… todo lo contrario: como norma, las cajeras y comerciales del BPA tienen una cultura de gremio forjada a fuerza de ver Nuestra Beleza Latina año tras año, y se cuidan y se esmaltan y se pintan y acicalan antes de ir a sus trabajos a “no poder hacer nada por mí”… porque ese fue su humano consuelo: “yo no puedo hacer nada, mi vida…”, lo cual, además, es cierto de punta a cabo.

Minutos antes de mi frustrada gestión la Señora Washowski había remitido con su Jefe a una “clienta” (…ellos insisten en calificarnos como tal) que con los ojos aguados rogaba que la dejaran sacar su dinero, que era urgente y muy importante, compañera, que “por favor”. Esto último me lo contó después un amigo que igual, de ingenuo, intentaba extraer sus cuatro quilos para comprar una máquina de coser de uso.

Aquí en Cuba, como en todas partes, la gente defiende su menudo y sus ahorros, la gente necesita dinero, y lo necesita más si es suyo y le costó trabajo conseguirlo. ¿Quién quita que la apurada señora de ojos llorosos tuviera que pagar el traslado de un cadáver de una provincia a otra, o que tuviera a su madre ingresada en un hospital de La Habana?

Por suerte en Cuba las cosas están cambiando: la economía se mueve ahora como no lo hizo en lustros y se derogan leyes dizque “obsoletas” pero también absurdas. Hasta aquí las cosas bien: hasta la voluntad de cambiar, buscar soluciones, y armar el cubito de colores por varias caras a la vez. Lo malo comienza cuando –“quién sabe por qué razones por nosotros ignoradas”–, se quedan cabos sueltos en medio del movimiento.
Verá:

Los que se acogen al Decreto-Ley 300, para el fomento de la producción agropecuaria, tienen que pasar con sus papeles por el Banco. Los cuentapropistas y demás figuras que pagan impuestos, deben pasar por el Banco. Los que pagan a plazos los electrodomésticos que “dieron” hace años, también. Los que reciben un subsidio Estatal para construcción, pasan por el Banco. Los que se aventuran a emergentes negocios cooperativos, igual pa´l Banco a entregar y recoger planillas. Los jubilados, que cada vez son más, cobran sus pensiones en el cajero automático del Banco*….

Y así, cada nueva “cosa nueva” incrementa la carga de trámites de los BPA, sin que nadie piense primero en la necesaria (impostergable más bien) reforma para la infraestructura bancaria: algo que abra un poco la válvula, refresque las colas encabronantes… y cambie la cara de la Señora Washowski… para que al fin pueda hacer algo por mí.

Yo ni compro carros ni vendo casas ni siembro arroz ni crío toros ni sufrí derrumbe total con los ciclones del 2008; tampoco estoy jubilado ni quiero que el Estado me preste 10 mil pesos MN para abrir una grasienta pizzería particular. Sin embargo todavía me creo con derecho a utilizar los servicios bancarios, y contar con una oferta de gestión eficiente… ni siquiera pido la sonrisa amable (…esa se la pueden meter en el mismísimo bolsillo), me bastaría el manejo técnicamente decoroso de mis cuatro quilos.

Porque digamos que pretendo ir de vacaciones a Minsk, Bielorrusia, tierra del cirílico Lukashenko… a conocer el interesantísimo proceso de fabricación de tractores rojos. Pues entonces tendré que guardar el dinero del pasaje en el forro del colchón o bajo una loceta del piso… porque a partir de ahora el Banco Impopular de Ahorro lo único que me va a ahorrar a mí son malos ratos y tiempo, muchísimo tiempo.

* Resulta curioso que cuando, finalmente, los viejitos aprendieron a operar en los cajeros automáticos con sus propias manos, les cambiaron el modelo de las máquinas… Esto parece haber sido previsto por el físico Albert Einstein, que escribió “Cuando creí haber contado todas las estrellas… me cambiaron de Universo”.