Alfabetismos digitales

Aunque estadísticamente mi generación nació en algún momento posterior a la edad analógica, la llegada tardía de los nuevos inventos nos hizo pasar cierto trabajo para aprender computación.

En mi escuela primaria a inicio de los años ´90 — el grupito de los inteligentes era llevado en fila india hacia otra escuela, para asistir al círculo de interés de computación. Yo pertenecía, sin embargo, a otro grupito: al de bebidas y licores, cuyos conocimientos no me ubicaban entre los inteligentes pero sí me salvaron de varias intoxicaciones muchos años después en la Universidad de Oriente, identificando los porcientos de alcohol del ron de 5 pesos y del chiva-prieta. Igual alguna que otra vez logré pegarme en el círculo de interés de computación. Nadie nos explicaba nada porque supongo que sabrían tanto como nosotros en ese entonces, pero era muy entretenido jugar al come come. El sonido de las computadoras y las pantallas verdes simulaban muy bien el desarrollo y la cosa vola´.

Obsesionado con entenderlo todo sin demasiada poesía me pasaba el tiempo intentando comprender cómo rayos funcionaba aquello: mi mente mecánico-positivista hacía el imaginario recorrido por los cables desde el teclado hasta la pantalla. Aún no entiendo cómo: una vez le pregunté a un Licenciado en Cibernética y tampoco supo explicarme, o yo no supe entenderlo.

La primera computadora personal (familiar) la tuve en 3er año de la Universidad; fui casi el último de mi grupo en tener una PC en la casa. Para entonces ya sabía alguito del cacharreo gracias al trabajo que veníamos hacíamos desde 1er año de la carrera escribiendo, defendiendo, editando, diseñando, imprimiendo y repartiendo por ahí el boletín quincenal El UniversitariO.

La experiencia más notoria de analfabetismo digital la vi en el laboratorio de computación del preuniversitario vocacional de Camagüey: un profesor famoso por sus constantes gazapos* intentaba mover la flechita del mouse dándole vueltas al artefacto ante el espacio de aire frente a la pantalla del display.

En Cuba, sin embargo, ha disminuido el analfabetismo digital: ya mucha gente sabe cómo teclear en Word, hacer tablas de Excel y poner música y videos en un reproductor; pero el analfabetismo virtual alcanza niveles asombrosos: muy pocos saben lo que es el Facebook, un blog, el Twitter o el Internet. Esto se debe a razones extremadamente nebulosas que muchos teóricos, imbéciles en general, y gente de todo tipo analiza y debate por gusto en aquí en la red, alejados a más no poder del escenario objeto del debate. Las razones aducidas para explicar esta carencia suelen discurrir entre factores tan dispersos como son un cable submarino que debió funcionar desde Venezuela, los tiburones del Caribe que pudieron o no haberse comido el cable, un satélite que cobra caro el servicio y el bloqueo norteamericano que no deja a Cuba conectarse a los cables que le pasan cerca.

Algunos profesionales destacados en sus respectivas labores tienen conexión de área local a través del servidor de sus centros de trabajo: una conexión que les da acceso a las páginas .cu, muy lenta, tanto que algunos jocosamente le llaman Lentinet.

Un médico de mi barrio (que no conoce ni siquiera lentinet) me dijo que todo eso del BlogazoxCuba, organizado por estudiantes de la Universidad de Matanzas, y del posterior Festival Clik, organizado por disidentes de La Habana, le parecía tan inverosímil como una convención de strippers en Piong-Yang, Corea del Norte. Obviamente el hombre tiene sus razones: le jode mucho que el noticiero del mediodía tenga una sección de curiosidades bajadas de Youtube y que él no pueda descargárselas en su propia casa. Pasa que cada vez más los espacios públicos como la Mesa Redonda, los noticieros y periódicos, hablan y debaten sobre Internet, con sus maravillas y desventajas, algo inevitable si se quiere estar a tono con los temas de agenda internacional, pero la gente en los vecindarios no entiende porque no conoce, y rara vez presta atención consciente.

*Una vez el tipo dijo que los tanques soviéticos eran capaces de subir pendientes de más de 45 grados, y un curioso le preguntó si podrían subir pendientes de 180 grados, y el infeliz respondió que no, que ya eso era demasiada pendiente…. Solía además poner una “U” en los registros de asistencia para marcar las “usencias” de los alumnos…