Vogorexia

Yo nunca le descargué al negocio de los ejercicios físicos, más conocido en el barrio como “hacer yerros”… Claro que luego de la elocuente foto que acompaña el post lo anterior es solo una reiteración.

Siempre vi más entretenido hacer cosas que no cansaran a uno, y eso era lo que decía cada vez que alguien me invitaba: eso cansa, asere. Además me habían dicho que si uno hace y luego deja de hacer se le desinflan de nuevo los brazos, y no le vi sentido a aquello: había que hacerse adicto a la “mechadera para siempre, que es otro sinónimo popular de hacer yerros.

Tampoco me cuadraron nunca los yerros en sí; o sea que los aparatos de hacer yerros de los barrios cubanos son viejos y oxidados, y la gente va a estos gimnasios con una esponjita en cada mano para limitar la aparición de cayos y ampollas. Es admirable que la gente joven, aún siendo esto así– y peor también–, no ceje en las ganas de ponerse “fuertes” y “buenas”… porque por cada 10 machos en un gimnasio de barrio siempre hay una muchachita risueña en lycra que hace ejercicios para bajar barriga o subir nalgas.

En los gimnasios de barrio se habla de jebas (hembras sexualmente apetecibles), de pelota, de fútbol, de bicicletas, de negocios baratos, de piezas de computadoras, de carros caros, de mentiras en general y en menor grado de temas importantes como la escuela, la política internacional o el cambio climático y el futuro del planeta. Nadie lleva armas blancas, ni drogas, ni se forman broncas entre pandillas ni nada parecido: la gente va por el puro placer de socializar y caerse a cuento los unos a los otros mientras intentas ganar unas pulgadas de músculo.

También pasa que muchos vagos juveniles cubanos se refugian en gimnasios “para hacer algo”. Como norma, cuestan hoy 1 o 2 pesos por hora, y los vagos de 30 años les piden el dinero a sus pensionadas abuelas.

Yo en mi adolescencia perdí el tiempo en otras cosas como criar palomas y tratar de tocar guitarra, pero hace algunas semanas estuve yendo a la pista a correr.

Había allí un adulto mayor, lo que se dice un “ocambo” entre 70 y 75, que cuando yo llegaba ya estaba corriendo, y cuando yo me reventaba el viejo seguía, y yo descansaba y me iba y el viejo seguía.

Luego supe que el viejo estaba entrena’o. Había ganado unas cuantas veces el maratón que cada año convoca el periódico Adelante, de Camagüey… en su categoría de edad, claro. Me prometí que no iba a dejar de ir as la pista hasta que no corriera más vueltas que el viejo, pero se me rompió la bicicleta, y encontré la justificación perfecta para desistir del reto.