Frankenstein o el moderno canibalismo

El Dr. Frankenstein era un científico suizo que logró darle vida a un esperpento humanoide conformado a partir de órganos de varios cadáveres. La novela se llama Frankenstein o el moderno Prometeo y fue escrita en 1818 por Mary Wollstonecraft Shelley (nótese la belleza onomatopéyica del primer apellido, o segundo nombre- que no sé- de la escritora).

En la actualidad nuestra, los experimentos eléctricos hubieran servido para algo mucho más útil que andar armando bestias verdosas con tarugos cilíndricos en el  cuello, o al menos así pensarán los ardientes trabajadores de cualquier empresa por ahí. Sin embargo hay quienes deciden revivir a cada rato el poco cristiano acto de conformar, fabricar – nada que ver con crear- un engendro con fisonomía ecléctica que, finalmente, y por bien ensamblado que sea, resulta un monstruo asimétrico. Nunca un hijo de la naturaleza.

Pueden ser – o decirse- periodistas, escritores, investigadores, ensayistas, críticos. Son los Doctores Frankenstein modernos, seudo-autores,  que operan detrás de un teclado, el cual usarán en sustitución de la mesa de disecciones (a que se acuerdan ahora mismo del “encuentro fortuito entre el paraguas y la máquina de coser” de André Bretón…, aunque quizás no, igual no importa). El bisturí lo cambian por el Control + X, la técnica de implantes se basa en el código Control + C y la sutura se cambia por la combinación Control + V. Hay Frankenstein modernos famosos por su indiscreción, incapaces aún de copiar con talento: esos copian incluso los subrayados de los hipervínculos, y dejan la letrica en azul.

Comienzan sus obras generalmente en la secundaria y terminan por olvidarse, incluso, de suprimir el texto autogenerado por Encarta indicando la fuente. Casi siempre derivan en verdaderos torpes, aunque pensándolo bien toda la culpa no es suya: “¡Ave editor, los que van a publicar te saludan!”  Su libro de cabecera es el Diccionario de Sinónimos y Antónimos.

Esto es en el mejor de los casos, en el otro se acaba el mundo cuando no funciona esta opción del Word, cosa muy poco probable. No hay que exagerar tampoco, en momentos desesperados, casi siempre en la etapa escolar cuando el tiempo te agarra el cuello, todo el mundo recurre al canibalismo o fusilamiento, como también se le conoce (más que nada porque es un sinónimo reconocido de plagio), pero hacer de ello una costumbre, una sistemática de trabajo, es poco menos que indignante.

Termino con una curiosidad que no tiene nada que ver con el plagio digital. La primera película de Frankenstein, titulada así mismo: Frankenstein, fue comercializada en 1910 por Thomas Edison, un obsesivo compulsivo con el tema eléctrico (de manera directa), que vivía chocando con Nicola Tesla, otro obsesivo compulsivo con el tema eléctrico (pero este de manera alterana). Bueno para no divagar… más aún, que Edison inventó el bombillo incandescente.

Un siglo después del descubrimiento de Edison, sus gastadoras, derrochadoras, insostenibles, antiecológicas y amarillas bombillas serían aplastadas en tongas y sustituidas por la moderna luz blanca. Paradójicamente la gente le sigue huyendo a la luz blanca…cuando la ven al final de un túnel.