AmorFo para febrero

Según la tradición más extendida, febrero es el mes del Amor. El día 14 la gente cubana de Cuba se demuestran amor mutuo regalándose cosas como postales de papel fotográfico con diseños bajados de Internet, hilos dentales (de los que no son para los dientes,… o no para los del que lo usa), incienso chino, perfumes, maquinitas de afeitar y otros artículos de aseo y buena-oledera personal.
Las parejas suelen ir a comer fuera de casa: a una paladar privada los que tienen más dinero, o a un restaurante estatal los de menos ingresos. En ambos casos ese día hay colas, turnos, tiquets, reservas, listas de fallos, y otras cosas odiosas y encojonantes que inspirarían al mismísimo José Ángel Buesa a seguir el camino de Alfonsina Storni.
En Camagüey, por ejemplo, uno no se puede sentar con su novia a mirar el mar mientras se come un helado. Primero porque Camagüey es una ciudad sin Mar, y segundo porque si decides ir en busca del Mar se te derrite el helado en el camino. En cambio uno siempre puede sentarse en el Parque Agramonte a mirar perros y niños en patineta (niños varios, patineta una)… y que te caigan a trombonazos los aireados intérpretes de la Banda Provincial de Conciertos. De hecho es notable que ya casi no se puede asistir a alguna actividad cultural en esta ciudad, o a una inauguración de algo bonito, sin que antes te caigan a trombonazos… o tengas que soplarte una pieza compuesta para piano y flauta… pero solo con la flauta, porque el piano, supongo, si se mueve se derrumba.
Muchos conocidos de aquí y de allá, o sea, de Cuba en sus dos orillas, entendidos como nadie en materia de
enamoramientos y guerras de quereres, coinciden en señalar que el amor ha derivado en cosa comercial, o dicho de otro modo, que ahora “las chiquitas ´tan pa rajarte en dos la billetera”. Y yo entiendo en parte a cada parte del asunto; lo veo todo muy biológico e inevitable. Al final el dinero es un componente del amor: porque el dinero es amado y porque ciertamente sirve para amar más y mejor, gústele o no “le gústele” a los consumidores de discursos de austeridad, sacrificio en su jugo y pan con deber.
Volviendo al amor, mi primera experiencia con el 14 de febrero fue toda una película de Hitchcock: mi padre, incapaz de disimular la sangre isleña canaria que le corre por las venas, prácticamente me obligó a hacerle una visita nocturna a una niña de mi escuela primaria…
Tenía yo 9 años (o sea que eso pasó en el antológico 1995…) y me vistieron con una camisa de mangas largas, blanca, como de satín, con un bordado de perrito amarillo en el lado derecho….era la camisa “de salir”; me peinaron con la raya al lado, y pa´ allá en la parrilla de la bicicleta con una flor y una postal… ¡una postal del año 95!… que ya eran lo suficientemente feas incluso en el año 95 (revisen en el baúl de los recuerdos de sus casas si quieren reirse otra vez de la estética noventipiquera…)
No puedo recordar lo que sucedió después, solo recuerdo la incómoda camisa blanca; y también que la noche anterior me la pasé ideando dinámicas imposibles para hacer llegar la flor solita hasta el segundo piso en que vivía la niña: una idea fue lanzar la flor y la postal desde la planta baja, pegadas a la punta de una flecha…¡¿?!
Y ya luego todo lo relacionado con el 14 de febrero me pareció descartable por absurdo y por falto de naturaleza. Y bueno… también un poco porque de no ser así, entonces tendría yo que ir marcando desde enero en las colas de los restaurantes estatales, para no terminar sentado en el parque, agobiado por trombones, niños en patineta y ausencia total de Mar.